Musulmanes de A Coruña

Musulmanes de A Coruña
"Ninguno de vosotros cree, hasta que quiera para su hermano, lo que quiere para sí mismo"

viernes, 22 de marzo de 2013

El tercer pilar del Islam: el Zakat



   No se trata de una "limosna", es una obligación y un deber social, además de una educación. Puesto que todo lo que uno posee pertenece a Allah, a los necesitados les corresponde una parte de las posesión e ingresos de uno y tiene derecho a reclamarlo.

  El Zakat se corresponde con el 2,5 por ciento de los ahorros de un año. Esta cantidad establecida por el Islam como suficiente para mantener la justicia social y abastecer a los necesitados. Así, en tiempos de Muhammed esta cantidad de dinero por persona hizo posible que en la ciudad de Medina (ciudad-estado modelo para los musulmanes, como veremos más adelante) no existía la pobreza y las necesidades de todas las personas de dicha ciudad estuviesen cubiertas.

   Existen numerosos casos históricos que demuestran la eficacia de este pilar: por ejemplo, durante el gobierno de Omar ibn Abdelaziz, toda la extensión del territorio islámico no conocía la pobreza, todo el excedente fue donado a reinos no musulmanes puesto que el mundo islámico tenía perfectamente cubiertas sus necesidades, hasta los animales salvajes abandonados fueron abastecidos a través del correcto cumplimiento del Islam.

   Como dato de curiosidad acerca de este pilar del Islam, una organización británica no musulmana hizo un estudio acerca del Zakat y llegó a la conclusión de que si el Zakat es cumplido por la totalidad de los musulmanes, la cantidad de dinero sería suficente para terminar con la pobreza de toda la Tierra. (Hay más de 1.500 millones de musulmanes en el mundo y la cifra va en aumento).




Por tanto, el zakat no es caridad, non nos pertenece. El que recibe el zakat no debe dar las gracias a quien lo da, es el que lo da el quien debe dar gracias por entrar a alguien que lo necesita, pues se le ha permitido cumplir con su deber. La obligatoriedad del Zakat es un principio claramente establecido en el Libro, en la Sunnah y por consenso de los musulmanes.

Es una de las obligaciones indisputables del Islam. Y fue mencionado unas treinta veces junto a la oración en el Libro de Allah.

Quien cumple con el Salat y no paga el Zakat, teniendo la riqueza que lo hace obligatorio, se equivocó en su conducta y tomó el camino erróneo en su búsqueda de Allah.

Y no alcanza la realización de la ubudiya, es decir: la sumisión y sometemiento sincero a la Voluntad del Único. Pues el Islam no puede dividirse y seccionarse y no es válido ni aceptado ningún otro gasto si no se cumple con lo obligatorio del Zakat.

Ayudas, donaciones, impuestos, etc., todas ellas son formas de gasto que no justifican el abandono del zakat ni suprimen su obligatoriedad. Un Estado de la actualidad -de mayoría musulmana o no- tiene objetivos exclusivamente materiales. Es destinado al presupuesto de gasto general, y no tiene ningún objetivo trascedente.

Y esos impuestos pueden alterarse, pueden suprimirse y pueden rebajarse o subirse. Sin embargo, el zakat es ‘ibada, adoración del Creador y tiene además, entre otros objetivos, aliviar la pobreza y contribuir a su eliminación.




Por tanto, debemos distinguir entre el Zakat e a Sádaqa:

El Çakât debe entregarse anualmente y consiste en un porcentaje concreto sobre bienes concretos, aplicando sus normas a la realidad de cada tiempo y según las circunstancias cambiantes.

Pero el musulmán no debe limitarse al Çakât: siempre que pueda debe ayudar a los demás dándoles de lo que tienen.

Se llama sádaqa (ayuda) a los çakâts voluntarios. Un musulmán no debe ser desatento ni vivir sin saber de los problemas de los demás.

Al contrario, verdaderamente el musulmán lo que no deja es de solucionar problemas, ser cobijo para las gentes.

Y en eso es en lo que realmente debemos crecer. La espiritualidad indolente y anodina de los eremitas no es islámica.

 


 

jueves, 21 de marzo de 2013

Duaa, o pedir a Allah


















Habiendo terminado el Salat, el musalli, aún sentado, alza sus manos hacia el cielo del que descendió y en el que contemplo la grandeza y la nobleza de Allah, entonces está en disposición de hacer el Du'á. Pide a Allah, se vuelve hacia Él y espera que la rectitud siga guiando su vida y la de todos los musulmanes.

Se le ordenó hacerlo: invocar a Allah, solicitarle su Rahma, su bondad sin límites, y su Mághfira, su disculpa con la que evita al ser humano los males que poden dañarlo, y se reafirma en su carácter de pobre (faqir) ante Allah.

No vuelve del Salat con soberbia, sino que su retorno es reencuentro con su calidad humana. Por eso dice el Hadiz que el Du'á es "el cerebro de la Ibada", es haber entendido el Salat en toda su dimensión.


Yulus o posición sentadaa de rodillas



Tras el Suyud, el buscador se sienta.

Vuelve del mundo de Allah a su mundo, a nuestro mundo. Pero ya su Nafs (ego) es distinto, fue apaciguado, se volvió sabio.

No vuelve a la postura erguida del yo, sino a la del que está sentado, posición intermedia entre el Qiyam (de pie) y el Suyud (arrodillado con la frente en el suelo). En el Corán está escrito que Allah dice:

"Oh, Nafs (ego) que estás en calma, entra en Mi Jardín".



El musulmán aspira a ese conocimiento, a esa sabiduría que hace de él un ser con una calma interior inquebrantable. El ego ya no le agita, no lo hace insolidario, no lo aísla del universo.

Pero tampoco es un anacoreta aislado, no abomina de lo creado por Allah. Por eso concluye el Salat dirigiendo un saludo de paz (salam) a ambos lados, volviendo transformado a su mundo cotidiano.



Suyud, la puerta de la luz



Finalmente se prosterna, cayendo de rodillas y llevando la frente a suelo.

Es el momento cumbre del Salat. El musulmán se adentró en el Mundo de la Realidad. Perdiendo su Nafs, sus referencias, y ya sólo existe Allah. No hay más apariencias sino la Verdad desnuda.

Un relato cuenta:

Un buscador llegó a las puertas de Allah. Llamó, y desde dentro le preguntaron: 

"¿Quién es?".

Respondió:  "Yo".

Y se le dijo: "Aquí no cabemos los dos".

Al cabo de los años volvio el peregrino, de nuevo llamó, y la misma voz le preguntó:

"¿Quién es?".

"Tú", respondió.

 
 Y entones se le dejó entrar.

Ruku o inclinación:

Seguidamente el musulmán se inclina. La vida del musulmán es un camino, una vía (en árabe,Tariqa), la senda que sigue en su afanosa búsqueda, en su entrega espontánea a la Trascendencia.

Si los Ajlaq (buenos modos) tienden a hacer del muslim un ser sociable, inmerso un colectivo, afilando sus rudezas y elevando sus méritos, la Tariqa (camino) doblega su ego ante Allah mismo. La Tariqa le niega el ego, lo somete a la voluntad de Allah, le va haciendo sabio.

Con el Ruku, el musulmán simboliza su abandono absoluto en la inmensidad de Allah. Durante esta inclinación dice:

"Subhana Rabbi al-'Adim". (Exaltado sea mi Señor el Inmenso).

Va perdiendo de vista al mundo, a sí mismo, y se arroja sin nada al mar de la Unidad, donde no hay orillas ni clavos a los que aferrarse, sino solamente a la Presencia de Allah...



Árbol con un asombroso parecido a un musulmán hacienndo Ruku, y curiosamente apuntando hacia la Meca.

Qiyam: de pie frente a Allah


El Salat empieza de pie. En esta posición, a la que se llama Qiyam, se recitan fragmentos del Corán.
El Nafs es un concepto islámico con el que se da un nombre general al conjunto de los rasgos psicológicos que individualizan al ser humano.

Si el Ruh (aliente divino en el hombre, "espíritu") es su dimensión universal, el Nafs hace de él un ser concreto y singular: lo separa de la creación, lo distingue de sus semejantes.

El Nafs preside la vida propia de cada ser humano y genera el concepto que tiene de sí mismo como entidad persoal. Es el Yo, que cuando se pervierte es el Ego.

El Nafs como ego es un veneno mortal; hace del hombre un ser insolidario, egoísta, avaro, cobarde, interesado, lo arrastra a los más perversos crémenes, los hunde en los vicios más deplorables.

En cierto modo, el Salat es un ejercicio para doblegar el Nafs y acabar convirtiéndolo en un "yo" que, sin renunciar a su conciencia, tiende puentes hacia el Ruh.

Por ello, el Salat comienza con una postura, el Qiyam, que simboliza la manifestación ideal del "yo": es el hombre como tal que se coloca erguido ante su verdadero Señor y comienza a renunciar al egoísmo sumergiéndose en el océano del Corán, el Libro del Todo.

El Nafs es dulcificado por la adopción de cualidades elogiables (Ajlaq); con ellos se retoma a su naturaleza primigenia (Fitra). Los Ajlaq consisten en actuar recta, juiciosa y justamente.

Se trata de asimilar la natureza de la Verdad, materia prima con la que Allah creó la existencia; el Corán al-Karim ens
eña que Allah lo creó todo con la Verdad. Ajustarse a la Verdad, esencia del mundo, es hacerse musulmán. Por eso hay que educar al Nafs en las cualidades de la verdad; evitará así la mentira, la calumnia, la envidia, el rencor, la intolerancia, la traición... y se fomentará en el ánimo sus contrarios.

De este modo es como se va creando una individualidad virtuosa y fuerte que no se ajusta meramente a una moral, sino que busca los significados de Allah.



miércoles, 20 de marzo de 2013

El musulmán frente a Allah


 



Para el musulmán, Allah no es algo ‘concreto’: no se trata de un ‘objeto’ ofrecido a sus reflexiones.

No acude con sus fantasmas, sino que los deja atrás, muy lejos, olvidados en el mundo de las quimeras, y ante su Señor claudica sin más, buscando compromisos en la raíz de la Verdad que lo hace ser en cada instante.

No se presenta con armas, ni con herramientas, ni con adornos, ni se contenta con sucedáneos ni se escuda tras subterfugios. No quiere consuelos. Busca al Real, al Verdadero, al Absoluto, y para eso solamente tiene un gesto supremo: doblegarse a Él.

Se deshace ante su Creador, se "deja hacer y rehacer" por su Señor.

Esta es la actitud espiritual del musulmán criado en la autenticidad del Islam de nuestras raíces. En su actitud exterior es idéntico, y su cuerpo mismo refleja y complementa esa ‘tendencia’ hacia Allah, completándose debidamente al círculo de lo perfecto.